El carácter despiadado con que los representantes gubernamentales de las principales potencias imperialistas y sus socios menores han obtenido este acuerdo despedaza el mito de una Europa unida y pacífica, de una Europa de la solidaridad y del compromiso.

Deflación en toda la línea e imposición neocolonial

Desde el punto de vista económico, el acuerdo impuesto a Grecia no tiene nada que envidiarle a los planes draconianos impuestos por los gobiernos bonapartistas europeos en la década de 1930 como consecuencia de la Gran Depresión, sea el Plan Laval en Francia o el plan Brüning en Alemania, planes que agravaron la caída económica después del crack del 29, especialmente en Europa después de la bancarrota del banco austriaco Credit Anstalt en 1931, que disparó una serie de caídas bancarias y defaults de deuda. El exorbitante nivel fiscal exigido, así como los nuevos recortes presupuestarios, solo pueden tener efectos recesivos como el mismo Tsipras debió reconocer a la salida de la reunión de la eurozona. Desde el punto de vista financiero, el plan, al agravar la depresión económica y a pesar del doloroso ajuste exigido, agrava el problema de la deuda ya que en relación a la riqueza creada, la deuda va a ser más pesada. La apertura de una discusión sobre la “reconfiguración” de la deuda, cuestión presentada como un triunfo por Tsipras, no cambia nada esta sombría situación, ya que este plan va a aumentar la deuda, y un reescalonamiento arriesga simplemente licuar los efectos de una “reconfiguración”.
Además, Atenas está en una relación de fuerzas horrible para toda renegociación.

Pero es sobre todo el «Fondo de valoración de activos griegos», una idea del ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, con el apoyo de Merkel, lo que muestra el carácter neocolonial del acuerdo. La expoliación sobre los recursos del país era totalmente clara para los dirigentes griegos que terminaron de aceptar el acuerdo: «Los acreedores quieren toda la riqueza de Grecia, y también mi traje», dijo agotado un funcionario cercano a Tsipras. «Para nosotros, contando todo, bancos, aeropuertos, gestión del agua, etc., llegamos a 17 ó 18 mil millones de euros para ser privatizados. Para llegar a 50 mil millones, debemos darles todos nuestros bancos», agregó.

Como muestran estos diálogos, los acreedores saben que en última instancia el estado griego no reembolsara sus deudas, pero prefieren tener esta soga en el cuello para exprimirle hasta la última gota de sangre.

Una “Santa Alianza” reaccionaria contra los pueblos de Europa

Pero el castigo no solo es económico, sino también político. El triunfo, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, de un partido de la izquierda radical en Europa agitó el fantasma de un contagio político, y puso en movimiento una verdadera Santa Alianza reaccionaria, garante del orden establecido. Se puso en marcha un plan de demonización de Syriza, un partido que no quiso poner en cuestión el orden europeo, que rápidamente hizo concesiones (como el acuerdo del 20 de febrero) pero que pretendía un enfoque más pragmático del tratamiento de la crisis. Pero para la Troika el objetivo era claro: había que golpear fuerte para liquidar en el futuro toda pretensión de cuestionar aunque sea mínimamente el orden de Europa. Ellos buscaban un ejemplo. Políticamente, los dirigentes europeos de derecha como los socialdemócratas buscarán cortar toda la hierba bajo los pies de toda posibilidad de gestión alternativa del estado griego y por esa vía de Europa.

Un thatcherismo a ultranza basado en el carácter estructural de la crisis y las características del euro

En el caso griego quedó claro que la burguesía alemana no quiere ceder siquiera unas pocas migajas, sobre todo en la cuestión de la deuda, ya que implicaría el riesgo de involucrarse en el camino de una renegociación integral de la deuda en Europa (si aceptamos reestructurar la deuda griega, los otros países también lo pedirían). Tal obstinación responde por un lado al carácter estructural de la crisis y por el otro a las características del euro.

Esta moneda posee fuertes límites como moneda de reserva mundial. La eurozona no goza del “privilegio exorbitante” del dólar gracias al cual la monetización de la deuda puede ser directamente descargada sobre el resto del mundo. A su vez, la creación de una moneda única sin la creación de un supraestado implica la imposibilidad de una unión de transferencias (como exigen los países del sur de la eurozona frente al egoísmo alemán, pero algunos autores calculan que una transferencia de este tipo equivaldría a entre un 9 y 12% del PBI alemán lo que hundiría su economía).

Por otro lado, por la magnitud de la crisis, ningún nuevo New Deal es mínimamente posible, no solo por la oposición de la clase dominante sino porque con la crisis estructural, todo estímulo fiscal no daría beneficios que se paguen con creces por la reactivación del crecimiento pues simplemente este no se produce por la falta de oportunidades de inversión y de ganancias. En este marco, las políticas de austeridad y el ataque a las conquistas que aún quedan de la clase obrera y un cambio global de las relaciones del capital y el trabajo es la única apuesta seria para mejorar los márgenes de rentabilidad en tales circunstancias. De ambos lados, surge que no hay ningún margen de maniobra para una política de impulso keynesiano en Europa, a la vez que la burguesía no la quiere bajo ningún precio: es la hora de la guerra declarada contra el proletariado, una lucha feroz, de tipo thatcherista.

El avance del proyecto federal de Wolfgang Schäuble y el aumento de las animosidades en el corazón de Europa

Forzando a Alexis Tsipras a una derrota humillante, es el proyecto federal de Wolfgang Schäuble el que avanza: crear una zona euro más centralizada alrededor de un proyecto económico aceptado por todos, lo que supone la exclusión de aquellos que lo cuestionan. Esto se expresó en que Alemania propuso formalmente un mecanismo de salida, un “timeout” como él lo llamó. El hecho de que el Grexit haya sido formalmente evitado no altera el significado de esta amenaza no solo a Grecia sino a todo otro país que ponga en discusión los dictados de Alemania. Una vez que la posibilidad de un Grexit fue contemplado por al más alto nivel en Berlín, el camino está abierto para una vuelta de los ataques especulativos en Francia misma, aunque esta no sea un perspectiva inmediata. Pero visto desde un ángulo más estratégico fue precisamente evitar este peligro el motivo principal de Francia para aceptar una unión monetaria, a la vez que limitar el unilateralismo alemán luego del fortalecimiento de éste después de la reunificación en 1990. El Grexit, más allá del discurso oficial del Eliseo (sede de la presidencia francesa) frente a la crisis donde se quiere mostrar ganador, altera la “raison d’être” (razón de ser) para la moneda única del lado de Paris. Por su parte, el hecho de que Francia se haya apoyado en los EE.UU. en su rol de intermediario entre Alemania y sus aliados y Grecia, no ha pasado desapercibido en Alemania y pone objetivamente en cuestión a la Unión Europea, al meter en un conflicto interno a un tercero extra continental.

Solo los trabajadores pueden unificar progresivamente a los pueblos de Europa

Los dramáticos acontecimientos de este fin de semana, demolieron la idea (si aún quedaba algo) de una unión monetaria como un paso hacia una unión política democrática y volvieron las luchas de poder europeas nacionalistas de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

Ominosamente, la crisis de la eurozona ha hecho resurgir la primacía del estado nación. La existencia de este gran obstáculo que choca con la existencia del desarrollo de fuerzas productivas que excedieron hace ya largo tiempo su marco y las fronteras nacionales, y que en el siglo XX llevó nada más y nada menos que a dos guerras mundiales, era y es la base por la que los marxistas siempre señalamos el carácter utópico de la unificación europea de manos de la burguesía imperialista. Hoy en día esta idea se ha convertido desgraciadamente en una dura realidad.

La creación de la UE, pergeñada por EE.UU. buscó superar a su manera esta contradicción entre esa reliquia del pasado, el estado nación, y las fuerzas productivas. Mientras las cuestiones de seguridad quedaron reservadas a la OTAN y a Estados Unidos, el objetivo fue aprovechar la prosperidad económica y regular el mercado creando una burocracia central que pudiera superar el nacionalismo sin suprimir la identidad nacional. Este proyecto, que siempre avanzó a los tumbos y que fue readecuado luego de la unificación imperialista de Alemania para evitar el resurgimiento de ésta a través de una mayor integración, pero solo de la política de tasas de interés (BCE) y de la moneda (creación del euro), hoy en día choca con la necesidad de avanzar en otros terrenos (política fiscal y presupuestaria, competitividad, etc.) ya que nadie está dispuesto a ceder soberanía voluntariamente en terrenos tan espinosos que hacen a la vida o la muerte no solo de las masas de cada país sino de las burguesías nacionales de los mismos. Por eso, podemos decir que con el fin de la prosperidad se evaporó una parte importante que justificaba a la UE, y reemergen los conflictos. La crisis está replanteando cómo se distribuye la prosperidad en Europa, el euro está en cuestión así como la zona de libre comercio.
La lucha por quién paga los costos de la crisis, no solo a nivel de cada estado nacional sino entre los distintos países de la UE, está rompiendo todo atisbo de cooperación entre los estados, que incluso tendieron a unirse en el primer pico de la crisis en 2009. El aprovechamiento de la crisis por los países más poderosos, en especial el imperialismo alemán, para imponer el grueso de la carga sobre los imperialismos más débiles como es el caso hoy en Grecia degradada a un trato neo-colonial, abre interrogantes sobre si otros países más fuertes como el Estado español o Italia se van a dejar semicolonizar sin oponer resistencia, ni hablar del caso del imperialismo francés, a pesar de que todos estos países han dejado avanzar al imperialismo alemán y cada vez se encuentran en una relación de fuerzas más desfavorable. Esta es la base profunda del resurgir del cáncer nacionalista. Aunque éste está en sus etapas iniciales, ha comenzado el proceso de acumulación de agravios y de odios que puede reabrir nuevamente una de las páginas más oscuras de la historia europea.

Solo los trabajadores pueden cortar de cuajo ésta dinámica. Pero para que los trabajadores avancen a esta perspectiva es central la construcción de partidos de trabajadores revolucionarios claramente delimitados que quieren derrotar a la Europa del Capital, a diferencia de partidos neorefromistas como Syriza, cuya ilusión de que la UE es reformable o la eurozona puede cambiar su política de austeridad los condujo a la tragedia actual.

Una alternativa política de clase que levante una perspectiva y un programa claro frente a la crisis de la Europa del Capital, que no solo permita lograr en primer lugar la unidad de las filas obreras frente al cáncer xenófobo que divide obreros nativos de inmigrantes sino ganar a otros sectores sociales como los pequeños comerciantes y ahorristas que si no son ganados por los trabajadores pueden ser la base social de las salidas más reaccionarias en su desesperación frente a los saltos que se prevén de la crisis. Un programa que tenga como norte los Estados Unidos Socialistas de Europa. Ésta es la única perspectiva progresiva frente a los planes burgueses que se disputan el futuro de la UE, ya sea todo intento de fortalecer las instituciones de la UE como, frente al fracaso de esta variante, la idea de hacer una Europa a dos velocidades, entre un núcleo fuerte con Alemania, Holanda, Austria y otros países del norte y el núcleo débil del sur y Mediterráneo, que es en última instancia a lo que apuntan los partidarios de las salidas más unilateralistas en Alemania. Frente a ambas salidas que por distintos caminos solo agravan y empujan al peligro nacionalista, los Estados Unidos Socialistas de Europa es la única salida progresista.

 

Publicado por Juan Chingo

Juan Chingo | @JuanChingoFT :: Ciudad

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